Octavo Día: Rescatados

Amanecimos y el día estaba tranquilo. Salimos pedaleando temprano, calculando que para el mediodía estaríamos en Pirámides. ¡Cómo nos equivocamos!
A eso de las 9:30 paramos en el segundo tanque australiano que habíamos encontrado en nuestro primer día de pedaleo por la Península. Junto al tanque había un molino, que al poco rato de nuestro segundo desayuno giró violentamente hacia el sudeste. Hacia las 10 de la mañana, cuando decidimos retomar la pedaleada, nos encontramos con un feroz viento sur o sureste que nos detenía.
El camino, como ya lo aclaramos, consistía prácticamente de arena, piedras y serruchos. Esto, sumado al viento en contra (el cual estimamos estaría arriba de los 60 kilómetros por hora) hizo que nuestra velocidad promedio bajara de los 15 a 9 km por hora. Lamentablemente, esos 9km por hora eran engañosos, porque para alcanzarlos teníamos que hacer mucho más esfuerzo que el que veníamos haciendo ese día. Eso hizo que al poco rato, cuando la combinación del viento y el camino se hizo aún más desfavorable, nuestros espíritus flaquearan y nuestro cuerpos sucumbieran al cansansio.
A eso de las 11 y monedas paramos en una depresión al costado del camino, donde estábamos resguardados por una pequeña lomada de arena. La temperatura en esa depresión era realmente más alta, lo que nos daba el parámetro de lo fuerte y fresco que era el viento. Además hacía más insoportable nuestro espera porque pasábamos del fresco a un calor terrible. A eso de las 12 Ariana insistió para que saliéramos. ¡¡¡No quería pasar su cumpleaños al costado del camino!!!
A pesar de la voluntad de ambos, el viento, el camino, eran implacables. A la media hora de salir de nuestro refugio estábamos agotados. Ariana le puso garra, pero la fuerza necesaria para pedalear en esas condiciones la superó.
Finalmente ambos bajamos de las bicicletas. El viento nos había vencido como ciclistas, pero aún teníamos la intención de continuar caminando por un rato. A lo lejos, se veía el casco de la Estancia Loreto, la cual sabíamos estaba a sólo 13 kilómetros de Pirámides, y a 7 del camino de asfalto. Más importante aún, el camino de asfalto dobla hacia el este, por lo que el viento ya no estaría de frente.
Pero el viento se puso aún peor. Tardamos una hora en llegar caminando a la estancia. Fue una hora de intentos fallidos por subirnos a las bicis, de continuar pedaleando, de tratar de aprovechar el descenso del terreno para avanzar. No pudimos: cuesta abajo teníamos que pararnos en los pedales para poder avanzar. Íbamos tan despacio que nos caíamos, no podíamos mantener el equilibrio.
Cerca de la una y media arribamos al camino que llevaba al casco de la estancia. Ariana no podía más, tuvimos que tomar la durísima decisión de pedir ayuda para llegar a Pirámides. ¡Y estábamos tan cerca! Pero la rodilla derecha de Ariana se había inflamado, y le dolía, por lo que seguir implicaba un desgarro seguro.
El peón de la estancia era un hombre mayor, cerca de los 60 años, y estaba solo. El auto no le andaba, la camioneta se la había llevado el patrón a otro campol, y el Jeep tenía la caja de cambio rota... El día comenzaba a parer un martes 13. Nos dejó que nos quedáramos entre unos tamariscos para comer algo a salvo del viento, y a eso de las 14 nos dirigimos a la ruta a empezar a hacer dedo.
Pedir que te lleven cuando tenés dos bicicletas cargadas de equipaje no es fácil. Mucha gente paró a preguntar si podía hacer algo más por nosotros (dado que los autos no podían carganos) y varios se ofrecieron a llevar a la parte femenina del dúo ciclista hasta el pueblo. Pero el dolor no era tan fuerte como para requerir atención médica inmediata. Así que esperamos. Una camioneta de una agencia de turismo nos dijo que iba a pedir ayuda en el pueblo. Y eso fue lo que nos salvó el día.
A las 15:15, una camioneta de los bomberos voluntarios de Pirámides llegó hasta el guardaganados donde estábamos haciendo dedo y freno. Y dio la vuelta. Y abrió la caja de la camioneta y empezó a cargar nuestro equipaje. Y fue en ese momento, cuando vimos a ese bombero que nos dimos cuenta que en un rato estaríamos de vuelta en el camping.
A los 20 minutos estábamos descargando las cosas. No tuvimos que pagar nada, tan sólo hacer una denuncia en el cuartel de los bomberos y firmar un acta en el cual figuraba el rescate. Pudimos tomar mate, armar la carpa e irnos a cenar al Bar de los Cetáceos. El día terminó con un festejo de cumpleaños, tal como lo habíamos planificado. Dormimos felices una vez más.

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